Compras e Histeria Colectiva .
Aura, Tom y Lelei, luego de media hora de camino a través del Atajo del Potrero Este, llegaron a la “Super Alacena de la Duquesa”, la tienda de atavíos por excelencia de la región, aunque notoriamente extravagante y con no muy baratos precios. Pero era eso o nada para los habitantes del Baobab.
La Super Alacena parecía por fuera una mansión algo abandonada, y ni siquiera existía un cartel que demostrara la existencia de un local comercial en ese lugar. Por dentro, la cosa variaba. Todo lo que uno podía imaginarse se transformaba de pronto en una casa-mercado de locos: las estanterías rebosaban de alimentos y productos, al igual que los mesones; no había espacio en los pasillos y entre una habitación y otra, animales como cerdos, pavos, gallinas y conejos correteaban por todas partes, y un fuerte olor a pimienta dominaba el aire, como lo hacía la Duquesa en todas las instalaciones. Ella era la única vendedora, una señora baja, regordeta, de ropajes anticuados y un rostro muy muy muy desagradable. Se multiplicaba mágicamente para atender en todas las habitaciones y llevar una cuenta estricta de lo que salía y entraba en su Alacena.
- ¿Por qué la Duquesa no contrata personal para que la ayude? - preguntó Tom en un susurro, mientras entraban a la casa, atestada de un montón de enanos, duendes, campesinos, caravaneros, y seres varios, todos regateando con una de las tantas Duquesas.
- Porque no creo que confíe en otras personas para llevar a cabo los negocios, es muy avara y autosuficiente - le respondió Aura, más preocupada de analizar la lista de mercadería que llevaba en sus manos -. Ehm, Tom, ¿por qué no vas al sector del Ramen al tiro, para ahorrar tiempo? Lelei y yo iremos a buscar verduras y frutas.
- Ok, Aurífera - acordó Tom, y corrió a una de las habitaciones, escaleras arriba. Las otras chicas se fueron por otra dirección.
- Mmhhhh, ¡PEPINOS! - exclamó Aura, cuando llegaron a la verdulería. Se abalanzó encima de la enorme cesta y sacó varios, de los más grandes.
- Hay que comprar tomatines - musitó Lelei, llenando una bolsa con ellos.
- No nos olvidemos de la lechuga, el apio, los limones, los plátanos, mhh naranjas quedan en la casa, manzanas no, la Lila se las devoró todas, ehhh, los champiñones. . . ¡mira, Lelei, hay frambuesas!
- Ñami, ¡¿dónde?! - chilló Leleia, ansiosa.
- ¡Allí! Aunque son muy caras parece, no estamos en temporada. . . - dijo Aura, viéndoles el precio con desánimo.
- Ahhh, ñaaa . . .
- Bueno, habrá que esperar las cosechas veraniegas, no tenemos tanto masari y hay que comprar el resto de las cosas - determinó Aura, mirando ahora el rincón de los limones.
Después de un rato, ambas salieron de la verdulería llenas de bolsas, y vieron que Tom las esperaba afuera, con una cesta espectacularmente provista de potes y paquetes de ramen, de diferentes y sabrosos sabores.
- ¡Con eso tenemos para todo el mes, qué bien! - exclamó Aura, pasándole una bolsa con manzanas a su amigo.
- ¡Sí, y miren, hay un nuevo sabooor! - les dijo Tom, picocionado, mostrándoles un paquete amarillo.
- ¿Mostaza?
- ¡Sí, no creo que sea tan malo!
- Pero Tom, ¡nooooooo, no quiero que te transformes en un niño mostaza! - gritó Lelei, muy asustada y algo asqueada.
- ¡Leleeei, qué eres tierna! Pero no, tranquila, no me transformaré en un engendro mostazoide - sonrió Tom, tratando de abrazarla, sin éxito.
- ¡Ya, no nos distraigamos! Qué todavía queda ir a buscar las pastas, la salsa de tomate y todas esas voladas porque el René quiere hacer lasagna - dijo Aura, quién volvía a leer la arrugada lista. No quería demorarse mucho allí, perdiendo tiempo que podría ocupar jugando NFS Most Wanted o Starcraft con el Al.
- Y los helados, la carne, el pan, la leche condensada. . . - completó Lelei.
- Si quieres yo te acompaño a buscar eso - le dijo Tom -, no quiero que la Duquesa te pille sola y no sepas como regatear con ella. Es francamente horrible y da mucho miedo.
- Muy bien, vayan, yo voy a las pastas, y nos encontramos aquí mismo - organizó Aurora, y partieron nuevamente hacia lados diferentes de la Alacena. Tom tenía razón: Lelei no podía ir sola, porque entre las muchas Duquesas chillonas y con cerdos bebés en brazos, lacayos-rana/pescado/pájaro/etc y gente extraña, le podía bajar la histeria y nadie lograría encontrarla en esa masa de compradores y vendedoras.
Cuando por fin, pudieron terminar de comprar y juntarse a la salida de la Super Alacena, ya se estaba poniendo el sol. Estaban cargados a más no poder de bolsas, cestos y carritos con mercadería, pero lo del traslado al Baobab tenía fácil solución. Aura sacó su varita y mediante un sencillo encantamiento de movilización, hizo que las compras flotaran solas en dirección a casa.
- ¿No creen que nos excedimos? - preguntó Tom, sin disimular su sonrisa de complacencia, y frotándose ya su pancita sexy.
- No creo, nos alcanza para un mes, ¡espero! - Aura sabía muy bien lo rápido que la comida se iba en la casa, sobre todo cuando de ramen y porquerías llenas de carbohidratos se trataba -. Bueno, y si se nos acaba la mercadería, pues que vengan otros. Este lugar en serio llega a ser apestoso, pero es lo que hay.
- Ajá, quiero mushrooms, mushrooms. . . - fue lo único que pudo decir Lelei, muy agotada por el viaje, pero dando sus pequeños saltitos acostumbrados.
Mientras, en la SF Baobab House. . .
- ¡CÁLLENSE, WN, CÁLLENSEEEEE! - gritaban unos desaforados Aiol, Renesín y Gab, a unas Lila, Otti y Shizu casi muertas y sofocadas de la risa. Las carcajadas se escuchaban a millares de kilómetros de distancia, según los drugos, y no podían concentrarse en otra cosa que gritarles que dejaran de reírse como histéricas.
- ¡Una piña bailando cueca, JA JA JA JA JA! - lograban exclamar de repente, cuando sus propias carcajadas se lo permitían.
- ¡LA WEA ESTUPIPATA JA JA JA JA JA!
- Ya, Otti ja ja ja ja para, en serio. . .
- ¡JAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
Shizu comenzó a bailar cueca arriba de uno de los sillones, llamando al Ardy para que bailase con ella (¡con mucho tiquitiquití y ahúas!). El muchacho acudió de inmediato, pero sólo para unirse a la campaña “Cállate por la ctm” que sus amigos parecían estar promoviendo. Alberich se hallaba sentado en un rincón, mirando con mucha paja todo lo que sucedía, mientras esperaba ansiosamente la llegada de “las weas pa' comer”. ¿Qué le importaba a él si las chiquillas se volvían locas un rato? Total, igual el día había sido bastante extraño con tanto pajarraco y weas estúpidas.
- ¿Qué tenían las granadas del Rafiki, me pregunto yo? - pensó Renesín, en voz alta.
- No sé wn, pero por suerte no comí esas weas - le dijo Aiol, aliviado.
- Yo sí, pero no me pasó nada, así que descartemos esa opción - se contradijo René, reflexivo.
- Yo estoy dudando seriamente de que sea la comida - opinó Gab -. Creo que en serio éste es su estado natural.
- ¡Puta que es astuto este Bagssssssssssssssss! - fue lo que dijo, o más bien, escupió Ottolina, con una carcajada sonora.
En eso, por el agujero de la puerta norte saltan un montón de bolsas, bolsas, bolsas, bolsas y bolsas, y entre todas ellas, aparecen Aura, Tom y Lelei, algo aturdidos, y con un poco de apio en las bocas, de un paquete que se había reventado.
- ¿Qué chucha? ¿Por qué se ríen tanto? - preguntó Tom, confundido -. Sus risas se oyen de muy lejos y wea.
- ¡LA COMIDA! - gritó Al, y hecho un peo se levantó y fue a escarbar la mercadería.
- ¡Ay, qué bueno Alito que nos vas a ayudar a llevar todo esto a la cocina! - se alegró Aura.
- Puta la wea. . . - murmuró Al, otra vez con su paja habitual y sin ganas de levantar las compras.
Ahora fue el turno de los chicos de reírse, pero las muchachas no les reprocharon nada y unieron sus risotadas (cada vez más deformes) ante la causa “Al, no puedes ser más pajero”. Shizu se bajó del sillón y se puso a cantar, mientras bailaba con Lila y tomaba un par de bolsas.
- ¡Un gorro de laaaaaaaaana te mandé a teeeeejeeeeeeeeeeer para el duro inviernooo queeee vino a caaaaeeeeer!
- Tú me lo pedisteeee con falsa pasión...
- ¡SE DESTIÑÓ, SE DESTIÑÓ, IGUAL QUE TU CARIÑOOOOOOOOOOO!
- ¡Cállense por la puta! - todo el mundo sabía que a Aiolín no le gustaba ese tipo de música, y que además, le producía dolor de cabeza. Pero en este estado tan jugoso, ¿a quién le interesaba? Aparte, Cami y él siempre tendían a ese tipo de malestares físicos, no eran una novedad.
- ¡Ya, marchen! - exclamó Aura, de forma autoritaria.
- ¿Ah?
- ¡Marchen no más! ¡Las bolsas a la cocina!
- JAAA! ¡Marchen no más cabros! ¡CTM! - agregó Otto, poniendo cara de ardilla y riéndose aún más.
- ¡Aaaaahhhh, weooooooooooooooon, sáquenme de aquí! - se quejó Gab, medio en serio, medio en broma, y con las manos en los oídos.
- ¡No no nooooooo! - negó Lila, saltando en torno a él con la cesta del ramen y Tom detrás, tratando de agarrarla.
- Ya po, ¡MARCHEN!
- ¡JA JA JAAAAAAAAAAAAAAAAA JA JA JA! ¡Se destiñó, se destiñó!
- Igual que tu. . . tutututu, asdddddddd, la volá ¡ja ja ja ja!
- Conchesumadre. . .
Continuará. . .


